miércoles, 3 de octubre de 2012

SUPERCOPA LUJÁN


El encargado del viaje es Santiago Rómoli. Él nos comenta lo siguiente:

"del 5 al 9 de octubre viajamos a bs as para participar en la supercopa luján, una convivencia que gira en torno a una peregrinación a luján, un torneo de fútbol y la cultura argentina. pueden saber más en:  http://www.lasupercopa.blogspot.com.ar/ 

participan de esto torneo muchas pcias de argentina, reuniendo ente 500 y 700 pibes. 

está dirigida para chicos entre 13 y 17 años. el precio del viaje es de $900 (va todo incluído: inscripción al torneo, estadía, comida y el viaje). los que quieran participar, que se comuniquen conmigo (2645461905)"

domingo, 9 de septiembre de 2012

CLUB DE INGENIERÍA

El próximo sábado 15/IX tendrá lugar la tercera charla del club de ingeniería y empresa del Centro Cultural Cordillera, a cargo del Ing. Augusto Heredia, líder en el área comercial de CPI, una pujante firma argentina de control y seguridad industrial.

El horario de la misma será de 18:45 a 20 hs.


jueves, 6 de septiembre de 2012

Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

Artículos y Estudios
¿El mundo ha sido creado por Dios?
Preguntas y respuestas. Con ocasión del Año de la Fe iremos publicando artículos con cuestiones escogidas del Catecismo de la Iglesia y con referencia a escritos de san Josemaría.

Desde Roma
El Apocalipsis, con palabras del Papa
Vídeo. 5 de septiembre, 2012. (Romereports). Durante la corta visita del Papa al Vaticano para presidir la audiencia general del miércoles, el Papa explicó un modo de rezar, siguiendo el libro del Apocalipsis.

San Josemaría
¿Quién te ha enseñado a andar?
Vídeo. Se acerca el 8 de septiembre. La Virgen es Madre -explica san Josemaría- y como tal nos enseña a caminar en la vida de fe. Estas imágenes fueron filmadas en Valencia (España), el 16 de noviembre de 1972.

El mensaje del fundador del Opus Dei
"No te olvides"
Para hablar con Dios. No me olvidéis que santo no es el que no cae, sino el que siempre se levanta, con humildad y con santa tozudez. Amigos de Dios, 131

Nos Escriben
Mi primera novena
Acabé de rezar la novena a San Josemaría –la primera novena que recé en la vida– y después de pocos días recibí una llamada de una empresa...

Nos Escriben
La billetera y las tarjetas
Mi hijo acaba de irse a estudiar a Estados Unidos. No llevaba ni un mes allá cuando perdió la billetera con sus tarjetas de débito y dinero en efectivo que tenía para comprar sus libros...

Puede cancelar su suscripción pulsando sobre el siguiente enlace:
http://www.es.josemariaescriva.info/subscription.php?id=2414&c=9dffa14d5939&a=cc


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miércoles, 5 de septiembre de 2012

BOLETÍN 04 de septiembre de 2012
PRELADO
"No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos". Son palabras de Benedicto XVI que el Prelado del Opus Dei comenta en su carta de septiembre, en la que reflexiona sobre la Cruz de Cristo. [+]
Carta del Prelado (septiembre 2012)
"No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos". Son palabras de Benedicto XVI que el Prelado del Opus Dei comenta en su carta de septiembre, en la que reflexiona sobre la Cruz de Cristo.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos "recorrido" el mundo desde Pamplona.

A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.

También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.

Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.

En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas[1]. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.

Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia dellignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.

Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo[2]. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.

Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera[3].

Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam(1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen[4]. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios[5].

Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor[6]. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!

Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas[7].

La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz, resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, sometiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz[8].

Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente[9].

Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría—Maestra del sacrificio escondido y silencioso[10]. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.

Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso[11].

Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos[12].

Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.

El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia[13]. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros...[14].

Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad[15], fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.

Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.

Con todo cariño, os bendice

                                                               vuestro Padre

                                                               + Javier

Torreciudad, 1 de septiembre de 2012. 

[1] Cfr. Jn 12, 32.

[2] Jn 19, 26.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[4] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[5] 1 Cor 1, 22-24.

[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[7] San Josemaría, año 1968.

[8] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Camino, n. 509.

[11] Ibid., n. 185.

[12] Benedicto XVI, Homilía en Mariazell, 8-IX-2007.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[14] Lc 22, 15.

[15] Jn 17, 23. [Subir]

        http://www.opusdei.org.ar/art.php?p=50151 

© Oficina de información del Opus Dei en Internet.
http://www.opusdei.org.ar/ 
BOLETÍN 04 de septiembre de 2012
PRELADO
"No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos". Son palabras de Benedicto XVI que el Prelado del Opus Dei comenta en su carta de septiembre, en la que reflexiona sobre la Cruz de Cristo. [+]
Carta del Prelado (septiembre 2012)
"No hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos". Son palabras de Benedicto XVI que el Prelado del Opus Dei comenta en su carta de septiembre, en la que reflexiona sobre la Cruz de Cristo.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Como en otros años, deseaba aprovechar esta pausa para estar con mis hijas y con mis hijos de varios lugares: me ayuda mucho veros, estar con vosotros y palpar la urgencia —siempre actual— de la expansión apostólica. No ha podido ser: omnia in bonum!, porque con mayor intensidad hemos "recorrido" el mundo desde Pamplona.

A principios de julio, antes de llegar a esta ciudad, me detuve en Barcelona y en Gerona; aquí tuvimos una tertulia muy numerosa y bendije una imagen de san Josemaría que se ha colocado en un lugar donde se realiza una abundante labor de almas con gente joven. Luego, como ya os comenté, fui a Portugal para rezar ante Nuestra Señora de Fátima y reunirme con un buen grupo de hermanas y hermanos vuestros. Y el pasado día 23 estuve en Lourdes, honrando a la Señora con toda la Obra e implorando su intercesión: le di gracias en nombre de todas y de todos.

También he realizado un rápido viaje a Holanda. Además de la alegría de ver a las personas de la Prelatura, he revivido parte de la prehistoria de la Obra en esa tierra, acompañando a nuestro Padre y al queridísimo don Álvaro: ¡cuánto rezaron recorriendo sus carreteras y ciudades, pensando en las mujeres y en los hombres que llegarían al Opus Dei, con una esperanza que ahora contemplamos hecha realidad! Vivamos a diario la Comunión de los santos.

Mañana, 2 de septiembre, ordenaré presbíteros a tres hermanos vuestros Agregados, que recibieron el diaconado hace seis meses; también por este motivo se me va la cabeza a san Josemaría, que soñaba con este paso: el momento en que vinieran algunos sacerdotes de entre estos hijos suyos. Rezad por ellos y por los frutos de las numerosas actividades realizadas durante este tiempo en todo el mundo; y cabe añadir por las Regiones del hemisferio sur que, con su vida ordinaria, nos sostienen a todos.

En el centro del mes que comienza, el 14 de septiembre, volvemos a agradecer a nuestra Madre la Iglesia la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Nuestro Padre la preparaba y la celebraba con especial alegría, plenamente persuadido de que la Cruz es el trono de gloria desde el que Cristo atrae a sí todas las cosas[1]. No imagináis con qué ilusión dispuso que, en la sede central del Opus Dei, se pintara un gran mural representando la escena que se celebra en la liturgia: la restitución de la Santa Cruz a Jerusalén tras haber sido rescatada de manos no creyentes.

Como manifestación de esa devoción tan arraigada, llevaba siempre consigo una reliquia dellignum crucis y quiso que la llevaran también sus sucesores: primero el inolvidable don Álvaro y ahora yo. Nos impresionaba a todos la gran piedad con que besaba cada día esa reliquia santa, antes de retirarse por la noche a descansar, al comenzar de nuevo la jornada y en otros momentos.

Al día siguiente de esa festividad, el 15 de septiembre, conmemoraremos la presencia de la Virgen al pie de la Cruz, sufriendo con Jesús y colaborando con Él en la obra de la redención. Allí se manifestó su nueva maternidad, cuando escuchó aquellas palabras del Señor: Mujer, aquí tienes a tu hijo[2]. Entonces nos acogió con entereza y ternura, como verdaderos hijos suyos. Estas dos fiestas constituyen para los cristianos un poderoso reclamo, una llamada imperiosa a abrazar con amor las pequeñas o grandes cruces que se presenten en nuestras vidas, sin quejas ni lamentos, porque todas nos atan a Jesucristo y constituyen una muy especial bendición de Dios. No olvidemos aquel comentario de san Josemaría, a propósito de que mucha gente llama cruz a lo que les contraría, y acaban quitando su representación de las casas y, sobre todo, de su conducta. No admiten que la Santa Cruz, con todas sus manifestaciones, da libertad y fuerzas para combatir la batalla de la nueva evangelización, empezando por la conversión personal de cada uno.

Años atrás, el Santo Padre hablaba en una homilía de que no hay amor sin sufrimiento, sin el sufrimiento de la renuncia a sí mismos, de la transformación y purificación del yo por la verdadera libertad. Donde no hay nada por lo que valga la pena sufrir, incluso la vida misma pierde su valor. La Eucaristía, el centro de nuestro ser cristianos, se funda en el sacrificio de Jesús por nosotros, nació del sufrimiento del amor, que en la Cruz alcanzó su culmen. Nosotros vivimos de este amor que se entrega. Este amor nos da la valentía y la fuerza para sufrir con Cristo y por Él en este mundo, sabiendo que precisamente así nuestra vida se hace grande, madura y verdadera[3].

Ayudemos a todas las personas que encontremos, o con las que coincidamos, a considerar el valor del sufrimiento afrontado de esta manera, con paz y también con alegría. Nuestro Fundador lo subrayaba en una ocasión, haciéndose con dolor una pregunta: ¿Quién sale hoy al encuentro de la Santa Cruz? Poca gente. Ya veis cuál es la reacción del mundo ante la Cruz, incluso de tantos que se llaman católicos, para quienes la Cruz es escándalo o sandez, como escribió San Pablo: iudæis quidem scándalum, géntibus autem stultítiam(1 Cor 1, 23). ¡Señor! A la vuelta de los siglos continúa esta situación anormal, incluso entre las personas que dicen que te quieren y que te siguen[4]. Observamos en este mundo nuestro, en efecto, lo que el Apóstol escribía a los Corintios: los judíos piden signos, los griegos buscan sabiduría; nosotros en cambio predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados, judíos y griegos, predicamos a Cristo, fuerza de Dios y sabiduría de Dios[5].

Hijos míos —proseguía nuestro Padre—, ved que no exagero. Todavía la Cruz es símbolo de muerte, en lugar de constituir señal de vida. Todavía de la Cruz se huye como si fuera un patíbulo, cuando es un trono de gloria. Todavía los cristianos rechazan la Cruz y la identifican con el dolor, en lugar de identificarla con el amor[6]. Tú y yo, cada uno de nosotros, ¿amamos de verdad la Santa Cruz? ¿Estamos persuadidos de que la unión con Cristo crucificado es la fuente de la eficacia sobrenatural y de la verdadera alegría? ¿Nos ejercitamos diariamente en asumir con diligencia lo que nos desagrada: la enfermedad, lo que es obstáculo a nuestros proyectos, las contrariedades de la jornada? Si hay visión sobrenatural, cada día descubriremos no pocas ocasiones de unirnos a Jesús y a la Virgen, recogiendo con amor las pequeñas contradicciones —quizá no tan pequeñas—, y ofreciéndolas en la Santa Misa. ¡Qué tesoro tan grande para el Cielo podremos acumular, a base de detalles menudos!

Era la enseñanza constante de san Josemaría. Os invito a que vayáis recogiendo durante el día —con vuestra mortificación, con actos de amor y de entrega al Señor— miligramos de oro, y polvillo de brillantes, de rubíes y de esmeraldas. Los encontraréis a vuestro paso, en las cosas pequeñas. Recogedlos, para hacer un tesoro en el Cielo, porque con miligramos de oro se reúnen al cabo del tiempo gramos y kilogramos; y con fragmentos de esas piedras preciosas lograréis hacer diamantes estupendos, grandes rubíes y espléndidas esmeraldas[7].

La receta es fácil de llevar a la práctica, pero presupone el deseo de acompañar a Cristo en el Calvario. Tres actitudes caben ante la Cruz, resumía nuestro Fundador. Huir de este don, que es lo que hace casi todo el mundo. Ir temerariamente a buscarla, deseando grandes pruebas, sometiéndose a penitencias muy extraordinarias: si ese impulso no proviene de Dios, no me parece tampoco oportuno, porque puede ser fruto de una oculta soberbia. La tercera actitud es recibirla con alegría, cuando el Señor la manda: aquí se encuadra, pienso yo, el modo más acertado de comportarse ante la Cruz[8].

Volvamos los ojos a la Santísima Virgen. El hecho de que María permaneciera firme junto a la Cruz, acompañando de cerca a su Hijo, fue sin duda una gracia especial de Dios; pero una gracia a la que respondió con una preparación de años —desde el momento de la Anunciación y aun antes— por la completa apertura de su corazón y de su alma a los requerimientos divinos. Las etapas del camino de María, desde la casa de Nazaret hasta la de Jerusalén, pasando por la Cruz, donde el Hijo le confía al Apóstol Juan, están marcadas por la capacidad de mantener un clima perseverante de recogimiento, para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios (cfr. Lc 2, 19-51); y en la meditación ante Dios comprender también la voluntad de Dios y ser capaces de aceptarla interiormente[9].

Hijas e hijos míos, ésta es la gran lección que nos transmite la Iglesia con ocasión de esta fiesta mariana. La entera existencia terrena de Nuestra Señora se consumió en el deseo ardiente de cumplir la Voluntad divina, también cuando esa providencia de Dios se presentaba con contornos dolorosos. Y todo lo llevó a cabo sin quejas, con elegancia humana y sobrenatural, sin llamar la atención: Ella es —como recordó tantas veces san Josemaría—Maestra del sacrificio escondido y silencioso[10]. Con su ejemplo nos anima a recibir con amor las contrariedades de la existencia, las pequeñas —que será lo más habitual— y las grandes.

Tratemos de hacer nuestra esa actitud de la Virgen Santísima, modelo para las almas que desean ser contemplativas en medio del mundo: llevar a la meditación personal los sucesos que jalonan nuestras jornadas, gozosos o dolorosos, para descubrir en cada uno la amabilísima Voluntad de nuestro Padre Dios y abrazarla con sosiego. De este modo llenaremos de alegría el Corazón de Jesucristo, que nos bendecirá y colmará de eficacia nuestros esfuerzos por acercarle muchas almas. Amemos la mortificación, la penitencia, con naturalidad, sin aspavientos, como observamos en la vida de María. El mundo admira solamente el sacrificio con espectáculo, porque ignora el valor del sacrificio escondido y silencioso[11].

Al contemplar la cruz colocada sobre el altar durante la Misa, al besar el pequeño crucifijo que os sugiero llevar siempre con vosotros —como escribió nuestro Padre—, al besar o hacer una reverencia ante la Cruz de palo en los oratorios, fijémonos en el profundo significado de esos gestos. Nos hablan —dice el Papa— de que Dios no ha redimido al mundo con la espada, sino con la Cruz. Al morir, Jesús extiende los brazos. Este es ante todo el gesto de la pasión: se deja clavar por nosotros, para darnos su vida. Pero los brazos extendidos son al mismo tiempo la actitud del orante, una postura que el sacerdote asume cuando, en la oración, extiende los brazos: Jesús transformó la pasión, su sufrimiento y su muerte, en oración, en un acto de amor a Dios y a los hombres. Por eso, los brazos extendidos de Cristo crucificado son también un gesto de abrazo, con el que nos atrae hacia sí, con el que quiere estrecharnos entre sus brazos con amor. De este modo, es imagen del Dios vivo, es Dios mismo, y podemos ponernos en sus manos[12].

Al releer estas palabras de Benedicto XVI, ha acudido a mi memoria con gran nitidez una imagen característica de san Josemaría. Cuando hablaba del Señor sujeto a la Cruz, más que por los clavos, por el gran amor que nos tenía —así solía expresarse—, no era infrecuente que, con naturalidad, abriera ligeramente los brazos y girara las palmas de las manos, en un gesto que quizá pasaba inadvertido a la mayor parte de las personas. Me consta —lo comentó alguna vez— que ese gesto era manifestación de su afán por unirse estrechamente al Señor, clavado en el leño de la Cruz, tratando de identificarse con Él para acoger a todos los hombres.

El Papa señala que María siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta el pie de la Cruz, y ahora sigue también, con su oración silenciosa, el camino de la Iglesia[13]. Acudamos a su intercesión con más insistencia en estos tiempos difíciles, para que nos haga fuertes ante el dolor aceptado y buscado. Pongamos bajo su mediación materna —es Mater Ecclésiæ, Madre de la Iglesia— el Año de la Fe que comenzará dentro de pocas semanas, el 11 de octubre, quincuagésimo aniversario del inicio del Concilio Vaticano II. Y, haciendo eco al Santo Padre, esforcémonos para comportarnos en todo momento como cristianos cabales, con un testimonio claro —con obras y con palabras— de nuestra fe católica. La sociedad civil, los ambientes en los que nos movemos, necesitan un suplemento de vida espiritual, de vida sobrenatural, que sólo proviene de la Cruz de Jesucristo. Y, sin autolesionismo, con paz y constancia, tratemos de aprender la lección del Maestro, que acudió a la cita del Calvario puntualizando: ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros...[14].

Seguid rezando por mis intenciones, consumados en la unidad[15], fundidos en la oración, en el sacrificio y en los afanes de servir a la Iglesia, al Romano Pontífice y a todas las almas. Para lograrlo, pidamos ayuda a don Álvaro, que tomó el relevo de nuestro Padre precisamente en esta fiesta de Santa María, Madre dolorosa. Pienso que la paz que caracterizó siempre al primer sucesor de san Josemaría se reforzó todavía más, de modo que, con su trato, la gente se sentía poderosamente atraída hacia Dios Nuestro Señor.

Acompañemos al Papa durante su viaje pastoral al Líbano, del 14 al 16 de este mes, donde firmará y hará entrega de la exhortación apostólica post-sinodal sobre el Oriente Medio, fruto de la Asamblea especial del Sínodo de los Obispos celebrado en Roma hace dos años. Roguemos por esas tierras que Nuestro Señor santificó con su presencia e imploremos de la Santísima Virgen, Regína pacis, el don de la paz para los pueblos de aquella zona y para la humanidad entera.

Con todo cariño, os bendice

                                                               vuestro Padre

                                                               + Javier

Torreciudad, 1 de septiembre de 2012. 

[1] Cfr. Jn 12, 32.

[2] Jn 19, 26.

[3] Benedicto XVI, Homilía en la inauguración del año paulino, 28-VI-2008.

[4] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[5] 1 Cor 1, 22-24.

[6] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[7] San Josemaría, año 1968.

[8] San Josemaría, Notas de una meditación, 3-V-1964.

[9] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[10] San Josemaría, Camino, n. 509.

[11] Ibid., n. 185.

[12] Benedicto XVI, Homilía en Mariazell, 8-IX-2007.

[13] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 14-III-2012.

[14] Lc 22, 15.

[15] Jn 17, 23. [Subir]

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jueves, 23 de agosto de 2012

Josemaría Escrivá de Balaguer. Fundador del Opus Dei
 

Desde Roma
Santa María Reina
Vídeo (Romereports). Desde su residencia de verano en Castel Gandolfo, Benedicto XVI reflexionó sobre la fiesta de Santa María Reina, que se celebra el 22 de agosto.

Bajo su impulso
Escuelas en Congo
Un proyecto en el que podría ayudar. Louis y Esther tienen siete hijos: seis niños y una niña. Los dos trabajan para sacar adelante la familia y colaboran con Bozindo, la escuela a la que van tres de sus niños.

Relatos biográficos
23 de agosto de 1971: Adeamus cum fiducia ad thronum gloriae
Poco sabemos de las muchas gracias extraordinarias que recibió San Josemaría; pero sí algunas de ellas, como lo sucedido el 23 de agosto de 1971, mientras pasaba unos días en Caglio, en el norte de Italia.

Nos Escriben
Ahora está muy contenta y parece otra 
Mi hija llevaba varios años yendo del empleo al paro una y otra vez. La última vez que encontró un puesto de trabajo, no le convenía por sus aptitudes, por lo que volvió al paro...

Nos Escriben
Gracias San Josemaría
Hace unos dos o tres meses mi marido se quedó sin empleo. La situación pintaba bastante dura ya que él trabaja en la construcción y este sector ha sido muy afectado en esta crisis.

Nos Escriben
Salud de alma y cuerpo
Hace pocos meses a un amigo nuestro le fue diagnosticado un cáncer severo que afectaba varios órganos vitales. Su falta de salud se había hecho muy evidente.

Nos Escriben
A los tres minutos
Hace unas semanas fui a dar un paseo en motocicleta, algo que no había hecho en muchísimos años. Por inexperiencia, me dejé puestos unos aretes que eran regalo de mi madre: para mí eran muy valiosos.

viernes, 10 de agosto de 2012

BOLETÍN 10 de agosto de 2012
EL OPUS DEI EN ARGENTINA
Les facilitamos el nuevo folleto de Inspirados para Amar, completo. El mismo recopila por escrito testimonios que se muestran en el documental. Se puede ver online o descargar en .pdf (al final de la galería) [+]
Folleto Inspirados para Amar
Les facilitamos el nuevo folleto de Inspirados para Amar, completo. El mismo recopila por escrito testimonios que se muestran en el documental. Se puede ver online o descargar en .pdf (al final de la galería)

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martes, 7 de agosto de 2012

BOLETÍN 07 de agosto de 2012
PRELADO
"La Santísima Virgen es modelo de comportamiento para nosotros", dice el Prelado del Opus Dei en su carta. La fiesta de la Asunción ocupa sus reflexiones de este mes. [+]
Carta del Prelado (agosto 2012)
"La Santísima Virgen es modelo de comportamiento para nosotros", dice el Prelado del Opus Dei en su carta. La fiesta de la Asunción ocupa sus reflexiones de este mes.

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

La solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, que la Iglesia celebra el 15 de agosto, atrae en este mes nuestro corazón y nuestra mirada. Al contemplar la belleza de nuestra Madre, asunta por Dios en cuerpo y alma a la gloria del Cielo, nuestro amor filial se enciende aún más ante una figura tan excelsa; y, conscientes de nuestra indigencia y de nuestra pequeñez, le suplicamos con la Iglesia: da manum lapsis, fer opem cadúcis[1], auxilia a los caídos, socorre a los que somos caducos y limitados. Y después, con gratitud de hijas e hijos, repitamos con hondura, meditando el contenido, como san Josemaría: ¡Madre!, ¡Madre nuestra!, ¡Madre mía!

La primera lectura de la Misa nos propone aquella escena que san Juan describe en el Apocalipsis: se abrió el templo de Dios en el cielo y en él apareció el arca de su alianza (...). Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna a sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas[2]. Comentando este pasaje de la Sagrada Escritura, Benedicto XVI —recemos más por su Persona y sus intenciones— se pregunta: ¿Cuál es el significado del arca? ¿Qué aparece? Para el Antiguo Testamento, es el símbolo de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Pero el símbolo ya ha cedido el puesto a la realidad. Así el Nuevo Testamento nos dice que la verdadera arca de la alianza es una persona viva y concreta: es la Virgen María. Dios no habita en un mueble. Dios habita en una persona, en un corazón: María, la que llevó en su seno al Hijo eterno de Dios hecho hombre, Jesús, nuestro Señor y Salvador[3].

En Ella, por la encarnación del Verbo en sus entrañas purísimas, se cumplen de modo pleno las promesas divinas al antiguo pueblo de Israel. Dios ha establecido un pacto nuevo y definitivo no ya con una nación, sino con la humanidad entera; no en el monte Sinaí, sino en el seno inmaculado de María, donde el Verbo se hizo carne para habitar entre nosotros. Demos gracias a Nuestra Señora por haber secundado perfectísimamente el designio divino con su humildad, su obediencia y su pureza. Roguémosle que sus hijas y sus hijos —los hombres y las mujeres de todos los tiempos— sigamos su ejemplo, esforzándonos por cultivar, con la ayuda divina, las virtudes que brillan en nuestra Madre.

Con ocasión de esta solemnidad, os invito a meditar y a poner en práctica —siguiendo las enseñanzas del Santo Padre y a la luz del ejemplo de san Josemaría— algunas consecuencias que podemos descubrir al contemplar esta escena.

El autor de la epístola a los Hebreos recuerda que la estancia más importante del antiguo templo de Jerusalén, el Santo de los Santos, contenía el altar de oro para el incienso y el arca de la alianza totalmente recubierta de oro, en la que estaban la urna de oro con el maná, la vara de Aarón que había retoñado y las tablas de la alianza[4]. Detengámonos en la figura del arca, símbolo de María. El hecho de que se encontrara en el lugar más sagrado del templo nos habla ya de la especial cercanía e intimidad de la Virgen con Dios: ¡más que Tú, sólo Dios![5], exclamamos gozosamente y sintiendo esa necesidad, unidos a san Josemaría. Las tablas de la Ley, que Dios entregó a Moisés, manifestaban la voluntad divina de mantener la alianza con su pueblo, si éste permanecía fiel a su pacto. La Sagrada Escritura narra cómo, a pesar de todos los cuidados del Señor, Israel fue repetidamente infiel. No así la Santísima Virgen, pues —como recalca el Papa— María es el arca de la alianza, porque acogió en sí a Jesús; acogió en sí la Palabra viva, todo el contenido de la voluntad de Dios, de la verdad de Dios; acogió en sí a Aquel que es la Alianza nueva y eterna, que culminó con la ofrenda de su cuerpo y de su sangre: cuerpo y sangre recibidos de María[6].

Aquí descubrimos una primera lección de nuestra Madre, que deseamos asimilar más profundamente, para practicarla: la invitación a buscar a diario la unión más plena posible con la Voluntad santa de Dios, en los momentos agradables y especialmente en aquellos otros que resultan molestos y exigen sacrificio. La fidelidad al querer divino en las circunstancias costosas será la prueba más clara de la rectitud de nuestras intenciones y de la firmeza de nuestros deseos de seguir de cerca a Jesús. ¿No os vienen a la memoria aquellas palabras de san Josemaría en una oración al Espíritu Santo?: quiero lo que quieras, quiero porque quieres, quiero como quieras, quiero cuando quieras...[7].

Y, de otra manera, insiste en la misma decisión de fidelidad, cuando escribe: habrás pensado alguna vez, con santa envidia, en el Apóstol adolescente, Juan, «quem diligebat Iesus» —al que amaba Jesús.

—¿No te gustaría merecer que te llamaran "el que ama la Voluntad de Dios"? Pon los medios, día a día[8].

Esta aspiración se convertirá en realidad si buscamos decididamente la identificación con el Señor en todos los acontecimientos de la jornada, comenzando por los más nimios. Para el que ama —predicaba nuestro Fundador—, no hay detalles sin importancia. De tal manera el amor engrandece nuestros actos, que lo más menudo puede alcanzar categoría de heroísmo. La fidelidad en esos puntos, las pequeñas mortificaciones constantes, ¡qué agradables resultan a los ojos de Dios! ¡Cómo transforman la voluntad! ¡Cómo engrandecen tu alma! ¡Y de qué manera contribuyes, con tu fidelidad en esos deberes mínimos, a hacer más grata la vida de los demás![9].

Así procedió siempre Nuestra Señora, y lo vemos de modo bien concreto en el momento de la encarnación y cuando se hallaba al pie de la Cruz, al mirar cómo sufría y cómo moría su Hijo. Igualmente la amó, con idéntica pasión, en las demás circunstancias de su vida: al ocuparse de las tareas domésticas en el hogar de Nazaret; acogiendo a las personas que acudían a Ella en busca de un consejo o de una palabra de consuelo; en los diálogos con Jesús y con sus parientes sobre los temas más diversos: en todo momento. También entonces, la plenitud de gracia de la que María estuvo dotada desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, fue creciendo sin cesar, a la medida de la totalidad de su respuesta a las mociones del Espíritu Santo.

El arca de la alianza, además de contener las tablas de la ley, encerraba una porción del maná con el que Dios había nutrido al pueblo durante su peregrinar por el desierto. Ese alimento —lo enseñó el mismo Jesús en el discurso del Pan de Vida, en Cafarnaún[10]— era signo de la Eucaristía, verdadero cuerpo y sangre de Cristo que, bajo el velo del sacramento, reservamos en nuestros tabernáculos para adorar al Señor y para alimentarnos de ese gran Tesoro. Él se ha hecho nuevo maná para quienes vamos de camino hacia la morada eterna.

Fijémonos en que la Santísima Virgen es modelo de comportamiento para nosotros. ¿Quién trató a Jesús en la tierra con más delicadeza y cariño que Ella? ¿Quién estuvo más pendiente de Él en los largos años de vida oculta y en la vida pública? ¿Quién lo recibió con mayor devoción en la Sagrada Comunión, después de que el Señor se marchó al Cielo tras haber dejado el don inigualable de su Sacrificio y de su Presencia sacramental en manos de los Apóstoles y de sus sucesores en el sacerdocio? Verdaderamente, como afirmaba el beato Juan Pablo II, María es la Mujer eucarística por excelencia.

Deteneos en otra lección que podemos aprender, al contemplar a Santa María, fœderis arca, verdadera arca de la alianza, como nos sugiere la liturgia de esta fiesta. Aprendamos de Ella a cuidar más y mejor el trato con Jesucristo en la Palabra y en la Eucaristía, en la lectura y meditación de la Escritura, en la asistencia o celebración de la Misa y en la Sagrada Comunión. Porque "no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios", dijo el Señor. —¡Pan y palabra!: Hostia y oración.

Si no, no vivirás vida sobrenatural[11].

La solemnidad del 15 de agosto nos trae, a las hijas y a los hijos de Dios en su Obra, el recuerdo de esa fecha en 1951, cuando san Josemaría, movido por una inquietud sobrenatural que Dios puso en su alma, acudió a la Santa Casa de Loreto para consagrar el Opus Dei al Corazón dulcísimo e inmaculado de María.

Muchas veces se refirió nuestro Padre a aquellas circunstancias, en las que las delicadezas maternales de Nuestra Señora se hicieron especialmente presentes. Rememoraba, entre otras cosas, la profunda impresión que le causó la inscripción colocada sobre el altar —hic Verbum caro factum est, aquí el Verbo se hizo carne—, y, a la vez, la seguridad de ser escuchado por Dios, que esas palabras dejaron en su corazón. Lo mencionaba con viveza años después:aquí, en una casa construida por la mano de los hombres, en una pedazo de la tierra en que vivimos, habitó Dios (...). Estaba y estoy conmovido: me gustaría volver a Loreto. Me voy allí con el deseo, para revivir los años de la infancia de Jesús, al repetir y considerar ese Hic Verbum caro factum est[12].

Siempre había sido grande su devoción a la Virgen, pero cabe pensar que desde entonces experimentó un fuerte incremento que no dejaría de desarrollarse hasta su marcha a la casa del Cielo. Ahora deseo traer a vuestra consideración otra manifestación de ese crecimiento de la piedad filial de nuestro Fundador a la Virgen, bajo la guía del Espíritu Santo. Me refiero a las palabras que escuchó en el fondo del alma el 23 de agosto de 1971, al día siguiente de la fiesta del Corazón Inmaculado de María, que entonces se celebraba el día 22: adeámus cum fidúcia ad Thronum glóriæ, ut misericórdiam consequámur.

Se encontraba nuestro Padre en una localidad del norte de Italia, trabajando y descansando. Eran años en los que su oración por la Iglesia, por el Papa, por la Obra, por todas las almas, se elevaba con especial intensidad al Cielo. Antes no pedía, nos había confiado en abril de 1970. Vivía de este modo porque entendía que era mejor abandonarse confiadamente en Dios. Esto, en aquellos primeros momentos era bueno, porque así se veía que era todo de Él. Ahora pienso, sin embargo, que debo pedir, y comprendo mejor toda la fuerza de esas palabras del Señor: pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá(Mt 7, 7). Estoy persuadido de que hay que rezar mucho, y quiero poner mi oración en las manos mil veces benditas de la Virgen[13].

Pocas semanas después, el 6 de agosto de 1970, el Señor le confirmó en ese pensamiento, urgiéndole a una plegaria incesante: Clama, ne cesses!, resonó en el alma de san Josemaría, como eco de unas palabras del profeta Isaías[14]. Y tras esa locución divina dio comienzo a una serie de visitas a diversos santuarios marianos de Europa y de América. Como os acabo de escribir, el 23 de agosto de 1971 recibió la confirmación de que, para que su oración fuera escuchada, era y es preciso acudir a María.

Ese mismo día, abriendo su alma con don Álvaro y conmigo, como hacía siempre, nos comentó: esta mañana, mientras desayunaba, el Señor me ha puesto en la cabeza estas palabras. Son como una respuesta a ese clamor colectivo que ayer, fiesta del Corazón Inmaculado de María, habrá subido al Cielo, porque todos habrán rezado mucho. Hemos de pedir, acogiéndonos a la Misericordia del Señor, ¡no podemos pedir por justicia! Si pudiéramos vislumbrar la Justicia de Dios, nos quedaríamos aplanados, sin poder levantar la cabeza: ¡tal es su infinita perfección! Debemos acudir a su Misericordia, a su Amor. El pobre corazón del hombre enseguida pide como si tuviese un derecho, ¡y no tenemos derecho a nada!, pero podemos llenarnos de su confianza con la intercesión de María, porque la Misericordia suya es tan infinita, que no puede dejar de escuchar a sus hijos, si acuden además a través de su Madre[15].

Os he transcrito estas confidencias de nuestro Padre con el deseo de que las hagamos muy nuestras. Os hablo mucho de oración —lo habréis notado— porque es el modo seguro de conseguir todas las gracias que necesitan la Iglesia, el Papa, la Obra, las almas, cada una y cada uno de nosotros. Esforcémonos mañana y tarde, no sólo en hacer lo mejor posible los tiempos de meditación, sino en la oración de petición por tantas intenciones: con fe, con humildad, con perseverancia; con paz y alegría continuas, pues somos hijos de Dios e hijos de Santa María y nos llamaremos siempre vencedores.

El pasado día 11 he podido ir a Fátima, a la capelinha, con todas y con todos. Hemos rezado muy unidos a vuestras intenciones, pidiendo por la Iglesia, por el Papa y sus colaboradores, por la Obra, por toda la humanidad; y ha sido fácil pensar en las veces que nuestro Padre fue —como decía— a ese "refugio", para acompañar a cada una de sus hijas y a cada uno de sus hijos de entonces y de los tiempos futuros: ¡qué bien se está con la Virgen!

Muchas tareas tengo entre manos, también en estos días de agosto: ayudadme a sacar adelante, con vuestra unión constante, mis ocupaciones. Os sugiero que releáis y meditéis lo que nuestro Padre escribió a propósito de su alzar la Hostia Santa en la Misa, el 7 de agosto de 1931[16], porque, entre esos hombres y esas mujeres que han de poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, estás tú, hija mía, hijo mío: mira despacio cómo lo cumples.

Con todo cariño, os bendice

                                                                          vuestro Padre

                                                                          + Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2012. 

[1] Liturgia de las Horas, Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Himno de las Primeras Vísperas.

[2] Misal Romano, Solemnidad de la Asunción de Nuestra Señora, Primera lectura (Ap 11, 19-12, 1).

[3] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2011.

[4] Hb 9, 4.

[5] San Josemaría, Camino, n. 496.

[6] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2011.

[7] San Josemaría, Manuscrito autógrafo, abril de 1934.

[8] San Josemaría, Forja, n. 422.

[9] San Josemaría, Notas de una meditación predicada en 1945.

[10] Cfr. Jn 6, 26-59.

[11] San Josemaría, Camino, n. 87.

[12] San Josemaría, Es Cristo que pasa, nn. 12-13.

[13] San Josemaría, Notas de una romería a Fátima, 14-IV-1970.

[14] Cfr. Is 58, 1 (Vg).

[15] Cit. en Javier Echevarría, Memoria del Beato Josemaría, p. 185.

[16] Cfr. San Josemaría, Apuntes íntimos, 7-VIII-1931, n. 217 (vid. A. Vázquez de Prada, "El Fundador del Opus Dei", vol. I, pp. 380-381). [Subir]

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